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Las Innovaciones Tecnológicas y las Reformas Militares durante la Primera Guerra Mundial

LAS INNOVACIONES TECNOLÓGICAS Y REFORMAS MILITARES DURANTE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL (1914-1918)

INTRODUCCIÓN:

Con la creación de las armas químicas, tanques, submarinos, dirigibles, ametralladoras, portaaviones y otras armas, incluyendo las nuevas tácticas, estrategias, los uniformes de camuflaje, los grupos de asalto, la guerra cambio de forma definitiva. Se empezó la guerra mundial con tácticas del siglo XIX y cuando acabó el conflicto, el mundo se enfrentaba a un nuevo y terrorífico concepto de la guerra total. La misma Gran Guerra –que hace 100 años estalló con el disparo que mató al archiduque Francisco Fernando, terminó con imperios y mató a 10 millones de personas– dejó también como herencia importantes cambios en la estrategia y tecnología militares. Durante el siglo XIX, todos los conflictos bélicos habían sido relativamente breves, lo que llevó a los generales europeos a creer que esta nueva guerra tendría un rápido desenlace. “Estarán en casa antes de que caigan las hojas”, les vaticinó el káiser alemán Guillermo II a sus soldados, al enviarlos al frente de batalla. Pero la presunción de victoria rápida olvidaba que el nuevo conflicto traía consigo un componente ideológico: el nacionalismo. Las innovaciones científicas se desarrollaron al principio de la guerra con un objetivo militar, pero luego se fue aplicando con fines pacíficos y de bienestar social. Respecto a la técnica bélica, aparece el cañón de nombre GRAN BERTA, el mortero de fabricación austriaca de nombre Skoda, los tanques, los petardos fumígenos, los tubos lanzallamas, los gases asfixiantes, el periscopio panorámico náutico, el proyector del físico francés Sperry. En poco tiempo se diseñaron y crearon armas desconocidas hasta entonces y se perfeccionaron las empleadas en conflictos precedentes. Junto a éstas pervivió la tradición, evidenciada en el manejo de medios de transporte antiguos (caballerías) o el empleo de armas blancas como la bayoneta, útil en la lucha cuerpo a cuerpo en las trincheras. Tras una primera fase de movimientos el conflicto evolucionó hacia la estabilización de los frentes dispuestos a lo largo de fosas excavadas en la tierra y túneles blindados de hormigón. A partir de 1914, las guerras ya no se limitarían al choque de unos ejércitos de profesionales, sino que tomarían inexorablemente un carácter total, que legaría al verdadero paradoxismo con los terribles bombardeos aéreos de la Segunda Guerra Mundial y que hoy está totalmente aceptado, pero que entonces era un concepto tardío en ser reconocido. La contienda reveló la maquinaria de terror paradójicamente surgida de los avances y progreso de la ciencia y la tecnología. El intenso desarrollo de los instrumentos y técnicas de guerra (telegrafía sin hilos que fue directa antecesora de la radiodifusión, fusiles de repetición, ametralladoras, gases venenosos dando origen a la guerra biológica y química, vehículos de combate como los tanques, dirigibles, primeros aviones de guerra, uso masivo de submarinos de guerra dotados de torpedos y acorazados totalmente de acero con modernos motores como el motor Diésely poderosísimos cañones de largo alcance balístico, también se usaron aunque en pequeña escala cohetes tierra-tierra que actualmente serían de muy limitado alcance) modificarían la ciencia militar cuyas prácticas datan de varios siglos atrás de conflictos humanos. La artillería multiplicó los calibres, aumentó el alcance y mejoró los métodos de corrección.

El transporte motorizado se generalizó y volvió obsoleta la artillería impulsada por personas o animales de tiro; el caballo dejó de ser útil como instrumento militar, si bien siguió utilizándose en la Segunda Guerra Mundial en las largas líneas de abastecimiento. Igualmente supuso cambios en la estrategia militar donde en adelante sería necesario el sigilo y el escondite de las tropas para poder combatir, modificando la vestimenta de los soldados con tal fin. También se revelaría el grave daño que padecería la población civil producto de los bombardeos a las ciudades y otros daños colaterales; la población civil y no beligerante se transformarían en nuevas víctimas visibles y objetivos militares de la nueva forma de hacer la guerra que reveló la Primera Guerra Mundial, producto de la masificación de los ataques no convencionales por un armamento mucho más destructivo y de mayor alcance. Es la denominada “guerra de trincheras” que dejó inmovilizados a millones de combatientes enfrascados durante meses en una lucha de desgaste que aunaba un alto índice de bajas y una profunda desmoralización. El empleo de alambradas con espinos, armas químicas, ametralladoras y artillería de grueso calibre dejaba desvalida a la infantería en los ataques a las líneas enemigas. Con frecuencia cundió el desánimo entre los combatientes, hecho que se tradujo en numerosos motines que los estados mayores abortaron empleando drásticas medidas represivas.Para contrarrestar la desmoralización causada por este tipo de guerra se empleó de forma masiva y sistemática la propaganda militar El convencimiento de los soldados de que luchaban por “la nación” hizo que la tasa de reposición de los ejércitos fuera muy alta, tanto en la fabricación de municiones como en el reclutamiento. Y fueron los esfuerzos por quebrantar esos ánimos nacionalistas los que impulsaron una carrera tecnológica que provocó grandes cambios en la estrategia militar. Estas son las principales innovaciones militares que dejó la Primera Guerra Mundial

Innovaciones tecnológicas de la Primera Guerra Mundial:

La guerra química: El uso de gas venenoso en la Primera Guerra Mundial fue una importante innovación militar. Los gases utilizados iban desde el gas lacrimógeno a agentes incapacitantes como el gas mostaza y agentes letales como el fosgeno. Esta guerra química fue uno de los principales elementos de la primera guerra global y también de la primera guerra total del siglo XX. La capacidad letal del gas era limitada —solo el 3% de las muertes en combate fueron debidas al gas—, pero la proporción de bajas no letales fue alta, llegando el gas a ser uno de los factores más temidos entre los soldados. Al contrario que la mayoría de las armas de la época, fue posible desarrollar contramedidas efectivas para el gas. De ahí que en las fases finales de la guerra, aunque el uso del gas aumentó, en muchos casos su efectividad disminuyó. Debido al uso generalizado de la guerra química, además de los importantes avances en la fabricación de explosivos de alto orden, a veces se ha calificado a la Primera Guerra Mundial como “la guerra de los químicos”. Hoy, el uso de gases tóxicos es considerado un crimen de guerra y un arma de destrucción masiva. Pero durante la Primera Guerra, el káiser Guillermo (emperador alemán) las veía como “una forma superior de matar”. “En ese tiempo se las consideraba una excelente arma, desde el punto de vista de la economía de fuerzas, y una buena opción para romper las trincheras”, explica Fernando Wilson, académico de la Facultad de Historia de la Universidad Adolfo Ibáñez, de Chile. Tras un primer intento fallido en enero, los alemanes consiguieron su propósito al lanzar gas cloro a las trincheras francesas el 22 de abril de 1915, cerca de Ypres (Bélgica). En poco tiempo, los aliados estaban utilizando armas químicas también y, durante el transcurso de la guerra, ambos bandos fueron desarrollando compuestos cada vez más tóxicos para poder traspasar las máscaras de gas, otro invento nuevo. El problema de estas armas era que, una vez superada la sorpresa inicial, un ejército bien preparado podía contrarrestar totalmente su efectividad. Ninguno de los contendientes de la Primera Guerra Mundial estaba preparado para la introducción de gas venenoso como arma.

Una vez que apareció el gas, comenzó el desarrollo de protecciones contra él, y el proceso continuó durante buena parte de la guerra, produciendo una serie de máscaras de gas cada vez más efectivas. Incluso en la Segunda Batalla de Ypres, el ejército alemán, que todavía no estaba seguro de la efectividad del arma, solo distribuyó máscaras de respiración a los ingenieros que trataban con el gas. En Ypres, un oficial médico canadiense, que también era químico, identificó rápidamente el gas como cloro y recomendó que las tropas orinasen sobre un trozo de tela y se taparan la boca y nariz con él. La teoría era que el ácido úrico cristalizaría al cloro. El primer equipo oficial que se distribuyó era igualmente primitivo; una almohadilla, normalmente impregnada con un producto químico, atada sobre la parte inferior de la cara. Para proteger los ojos del gas lacrimógeno, los soldados fueron equipados con gafas protectoras. El siguiente avance fue la introducción del casco antigás — básicamente una bolsa sobre la cabeza. El tejido de la bolsa se impregnaba con un producto químico para neutralizar el gas — pero cuando llovía, el producto químico se mojaba y caía en los ojos del soldado. Las piezas oculares, propensas a empañarse, estaban hechas inicialmente de talco. Al entrar en combate, normalmente los cascos antigás solían llevarse enrollados sobre la cabeza, y se desenrollaban y apretaban en el cuello cuando se daba alarma de gas. La primera versión británica fue el casco Hypo, cuyo tejido se empapaba con tiosulfato de sodio (conocido popularmente como “hipo”). El casco antigás P británico, parcialmente efectivo contra el fosgeno que portaba toda la infantería en Loos, estaba impregnado con fenato hexamina. Se le añadió una boquilla de respiración para evitar la acumulación de dióxido de carbono. El ayudante del Batallón 1/23, el Regimiento de Londres , recordaba así su experiencia con el casco P en Loos:

“Las gafas protectoras se empañaban rápidamente, y el aire entraba en cantidades tan sofocantemente pequeñas que demandaba un continuo ejercicio de fuerza de voluntad por parte de los portadores.”

La aviación en la Primera Guerra Mundial: permitió el desarrollo de la mayor parte de conceptos de guerra aérea que serían utilizados hasta la Guerra de Vietnam. Casi desde su invención, las aeronaves fueron puestas al servicio militar. Así, la Primera Guerra Aérea fue la primera donde se usaron aviones en misiones de ataque, defensa y de reconocimiento. Desde inicios de la Guerra, en 1914, las Potencias Centrales y la Triple Entente se centraron principalmente en el reconocimiento operativo de largo alcance. En el curso de la guerra, se desarrollaron cámaras fotográficas que formaron la base del reconocimiento aéreo de imágenes. Asimismo, se utilizaron aeronaves para lanzar bombas y propaganda a las ciudades enemigas. Las primeras ciudades en ser bombardeadas fueron Lieja y Amberes el 6 y el 24 de agosto de 1914, respectivamente, por zeppelines alemanes. Desde el inicio de la Primera Guerra Mundial, se debatió sobre las posibilidades de uso de aeronaves en la guerra. En el Imperio alemán, los grandes éxitos de los primeros zeppelin habían eclipsado en gran medida la importancia de las aeronaves más pesadas que el aire. De una fuerza aérea compuesta de unas 230 aeronaves en agosto de 1914, solo unas 180 fueron de algún uso. Los ejercicios de aviación militar francesa de 1911, 1912 y 1913 habían iniciado la cooperación con la caballería (en el reconocimiento) y con la artillería. El Reino Unido había comenzado tarde y, en un inicio, dependió bastante de la industria aeronáutica francesa, especialmente para los motores de las aeronaves. La contribución inicial británica al total de la fuerza aérea aliada en agosto de 1914 (de unas 184 aeronaves) se compuso de tres escuadrones con unas 30 máquinas en servicio.

Por su parte, Estados Unidos estaba aún más atrasado, incluso en 1917, cuando entró en la Guerra, dependían casi por completo de las industrias aeronáuticas francesa y británica para los aviones de combate. Las primeras campañas de 1914 probaron que la caballería ya no podía proveer el reconocimiento esperado por sus generales, frente a la potencia de fuego mucho mayor de los ejércitos del siglo XX; sin embargo, pronto fue evidente que las aeronaves podían por lo menos localizar al enemigo, incluso si el reconocimiento aéreo inicial fue obstaculizado por la novedad de las técnicas utilizadas. El escepticismo inicial y las bajas expectativas pronto se transformaron en demandas poco realistas más allá de las capacidades de las primitivas aeronaves disponibles. Aún así, el reconocimiento a´reo desempeñó un papel fundamental en la “guerra de movimientos” de 1914, especialmente al ayudar a los Aliados a detener la invasión alemana de Francia. El 22 de agosto de 1914, el capitán británico Lionel Charlton y el lugarteniente V.H.N. Wadham informaron que el ejército del general alemán Alexander von Kluck estaba preparándose para rodear a la Fuerza Expedicionaria Británica, contradiciendo toda la inteligencia militar disponible. El Alto Mando británico prestó atención al informe e inició el retiro de las tropas hacia Mons, lo que salvó las vidas de 100.000 soldados. Posteriormente, durante la Primera Batalla del Marne, los aviones de observación descubrieron puntos débiles y flancos expuestos en las líneas alemanas, información que permitió a los Aliados tomar ventaja de ellos. El gran “golpe” aéreo de los alemanes de 1914 (al menos, de acuerdo a la propaganda contemporánea) tuvo lugar durante la Batalla de Tannemberg en Prusia Oriental donde un ataque ruso inesperado fue informado por el teniente Canter y Mertens; como resultado, los rusos fueron forzados a retirarse. Las ventajas del reconocimiento aéreo eran evidentes. El único problema era que el enemigo también lo sabía. Al igual que se usaría a los aviones para recabar información, el enemigo haría lo mismo con los suyos, por lo que surgiría la necesidad de impedírselo. Había que expulsar al oponente de los cielos, privarle de esos ojos en las alturas que todo lo veían. ¿Pero cómo? No se encontró más alternativa que usar a los propios aviones para intentar derribar a las aeronaves del enemigo. Al principio, sin embargo, no se tenía mucha idea de cómo podría hacerse eso de forma eficiente. Los primeros combates aéreos fueron muy improvisados, con los aviones de reconocimiento de ambos bandos encontrándose por casualidad entre las nubes. Intentando derribar al contrario, sus pilotos empuñaban sus pistolas y abrían fuego. Por supuesto, no daban ni una bala en el blanco, pero ello no les impedía continuar así hasta agotar la munición, momento en el cual se retiraban. Se buscaron métodos para mejorar la capacidad combativa de los aviones. Los ingenieros perfeccionaron los aparatos, permitiendo llevar a bordo a una persona adicional, un copiloto que sería el encargado de disparar, mientras el piloto se concentraba en manejar la nave. El copiloto se equiparía con rifles y granadas para poder abrir fuego contra los aviones enemigos, pero resultó bastante ineficaz. No era nada fácil acertar a un blanco tan móvil y esquivo, mientras el propio avión no dejaba de moverse. Aun así se intentó perfeccionar el puesto del “copiloto artillero”, y terminó dotándosele de una ametralladora fijada en un afuste giratorio. A pesar de no arreglar las dificultades para apuntar eficazmente a un avión enemigo, el mayor alcance y la mayor cadencia de fuego de la ametralladora empezó a dar resultados. Por fin los aviones empezaban a poder derribarse unos a otros, y se inauguraba un nuevo tipo de guerra. La guerra en el aire.

Atravesar la trinchera: En 1914, la “guerra de movimiento” que esperaba la mayoría de los generales europeos se estancó en una inesperada, y aparentemente imposible de ganar, guerra de trincheras. Entre los disparos de ametralladoras y la enorme cantidad de soldados que defendían las trincheras con rifles, los atacantes sufrían miles de bajas antes de poder llegar al otro lado de la “tierra de nadie”, como se conocía al espacio entre ambos ejércitos. “El tanque nace como una herramienta técnica para vencer dos elementos nuevos: el alambre y las ametralladoras”. El primero de estos vehículos militares, el Mark I británico, fue diseñado en 1915 y apareció en combate al año siguiente. En un principio, los ingleses les pintaban en el techo la palabra tank, para hacerles creer a los alemanes que se trataba de tanques de agua o de algún otro líquido. Los franceses, en tanto, inventaron el Renault FT, que estableció el diseño tradicional que utiliza la mayoría de los tanques modernos. El tanque fue desarrollado por el Reino Unido en la Primera Guerra Mundial como una solución al estancamiento por la guerra de trincheras que tenía el FRente Occidental. Uno de los objetivos primordiales era facilitar el traslado de la infantería de la trinchera amiga a la enemiga sin que la infantería transportada tuviera algún daño, cosa difícil en la Primera Guerra Mundial, pues la infantería estaba día y noche expuesta al fuego de la infantería y la artillería enemigas. A la vez, el carro de combate causaría terror entre las filas enemigas. Cuando se dotó al carro de combate de un cañón se consiguió, no solo un medio de transporte militar todoterreno, sino que al fin tenía potencia de ataque.

El primer prototipo del Mark I fue probado el 6 de septiembre de 1915 por el Ejército Británico. Inicialmente fueron denominados buques terrestres (land ships) por el Almirantazgo, pero para preservar el secreto, los primeros vehículos fueron llamados depósitos de agua. Los trabajadores de William Foster & Co. Ltd en Lincoln tenían la impresión de estar construyendo depósitos de agua para Mesopotamia, por lo que los llamaron tanques, y el nombre se mantuvo. Mientras que los británicos tomaron el liderazgo en el desarrollo del carro de combate, los franceses no se quedarían atrás y presentaron sus primeros carros de combate en 1917. Los alemanes, sin embargo, fueron más lentos en la nueva arma, concentrándose en armas anticarro de combate más que en carros de combate. Los resultados iniciales con los carros de combate fueron variados, con problemas de fiabilidad causados por desgastes considerables cuando el carro entraba en combate y en el movimiento. En el terreno difícil sólo carros de combate como el Mark I y el FT-17 tenían rendimientos razonables. La forma de romboide del Mark I conseguía sobrepasar obstáculos, especialmente trincheras muy anchas, con más facilidad que muchos vehículos de combate modernos. Finalmente, el tanque dejó la guerra de trincheras obsoleta, y se utilizaron miles de carros de combate en el campo de batalla por las fuerzas británicas y francesas, realizando una contribución significativa a la guerra. Junto con el carro de combate, el primer cañón autopropulsado y el primer transporte blindado de personal con tracción de orugas fueron también utilizados en la Primera Guerra Mundial.

Despegue en el mar: Poco antes de estallar la Gran Guerra, concretamente el 1 de julio de 1914, el Almirantazgo británico había reorganizado la aviación naval, como una nueva arma de la Armada, bajo la denominación de Real Servicio Aéreo Naval (Royal Naval Air Service), al que pronto fueron asignados algunos barcos provistos de cortas cubiertas de vuelo y de grúas, que llevaban a bordo varios hidroaviones anfibios, con fines de exploración. Uno de tales buques, el Ben-My-Chrec, de 2.600 toneladas y 24,5 nudos, llegó al Egeo en 1915, portando ya en su hangar de cubierta dos hidros biplanos “Short-184”, cada uno de ellos armado con un torpedo submarino de 368 kilos de peso.El 17 de agosto, uno de estos aparatos pilotado por el Teniente de Navío Edmons, echó a pique con un torpedo a un vapor turco cerca de Ak-Bashi-Liman, en el Mar de Mármara, y el otro, tripulado por el Alférez de Navío Dacre, hundió por el mismo sistema y no muy lejos de allí a un remolcador con bandera turca. Había nacido un arma naval que, en la Segunda Guerra Mundial, terminaría por arrinconar y prácticamente barrer de los mares al hasta entonces omnipresente y magnifico acorazado. El Royal Naval Air Service, abreviado como RNAS) fue la arma aérea de la Marina Real Británica hasta el final de la Primera Guerra Mundial, cuando se integró con el Real Cuerpo Aéreo del Ejército Británico y formaron la Real Fuerza Aérea, rama aérea independiente.

Los portaaviones nacieron debido al esfuerzo de los británicos por producir una escuadra de ataque que les permitiera llegar a un enemigo que se negaba a salir a combatir y que, al mismo tiempo, proveyera reconocimiento estratégico para poder enfrentar la dificultad en las comunicaciones, uno de los principales problemas de la época. La primera nave que permitió tanto despegue como aterrizaje de aviones fue él HMS Furious, que nació como un enorme barco de combate de 240 metros de largo y que luego fue adaptado para permitir tanto despegue como aterrizaje. Posteriormente, en 1918, los ingleses comprarían el acorazado chileno Almirante Cochrane, antes de que fuera terminado, para transformarlo en el portaaviones HMS Eagle. Durante la Primera Guerra Mundial algunas de las grandes potencias comprendieron la importancia estratégica de disponer de aviación embarcada para enfrentarse a conflictos en territorios alejados del territorio nacional o en territorios nacionales de ultramar en los que no era posible disponer de medios aéreos de importancia por motivos económicos o logísticos. La victoria naval de las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial, en gran medida debida a los portaviones convirtió a éstos en los buques más importantes de una armada y los ha convertido en el arma más poderosa de un ejército. El invento de los hermanos Wright en 1903 está muy cercano del primer despegue experimental en 1910 por un aeroplano de la cubierta de un crucero de la Armada de Estados Unidos, el USS Birmingham CL-2y los primeros aterrizajes fueron realizados en 1911. El 4 de mayo de 1912 el primer avión en despegar de un barco en movimiento tuvo lugar cuando el comandante Charles Samson voló desde el HMS Hibernia. Los portahidroaviones se convirtieron en el siguiente paso en la historia de los portaviones. La Armada Imperial Japonesa consiguió realizar la primera incursión hidro-naval de la historia en septiembre de 1914 desde el Wakamiya. Usado contra las fuerzas alemanas durante la Primera Guerra Mundial, cargaba cuatro hidroaviones Maurice Faman franceses que despegaron y aterrizaron en el agua donde fueron recogidos mediante una grúa.

Guerra submarina: El submarino había llegado a una cierta madurez técnica un poco antes de la Gran Guerra. Ya había diseños en Estados Unidos, Rusia y Alemania. Sin embargo, el conflicto armado produjo un cambio importante en su uso. “La Gran Guerra consolida la madurez técnica y provee un sentido táctico al submarino. De nada sirve tener un aparato muy sofisticado si no sabes para qué usarlo”. Este fue un instrumento ampliamente usado por los alemanes –con sus temibles U-Boat (sumergibles)– para hacer frente al poderío de la armada británica. Pese a su efectividad para hundir barcos enemigos, el efecto que tuvieron en la guerra es controvertido hasta el día de hoy, ya que algunos de estos ataques terminaron afectando a los países neutrales en el conflicto, por lo que muchos historiadores consideran que fueron un factor determinante en la derrota alemana. El caso más emblemático fue el hundimiento del transatlántico Lusitania, que llevaba más de cien pasajeros estadounidenses, cuya nación, hasta ese momento, se había mantenido neutral en el conflicto. La guerra submarina durante la Primera Guerra Mundial fue en parte una lucha entre los U-Boats alemanes y los convoyes de suministros por el Atlántico con destino final Gran Bretaña. Los submarinos británicos y aliados realizan un amplio espectro de operaciones en el Mar Báltico, Mar del Norte, Océano Atlántico, Mar Mediterráneo y Mar Negro. Solo unas pocas acciones tuvieron lugar fuera del teatro de guerra europeo-Atlántico. Los ataques de los submarinos alemanes a las naves mercantes aliadas le dieron a los norteamericanos una razón directa para entrar en la guerra en abril de 1917.

Se suponía que todos los participantes adherían a las Convenciones de la Haya de 1899 y 1907 pero ello se demostró impracticable en cuanto a los submarinos. Inicialmente los submarinos alemanes intentaron cumplir con las Normas de captura pero finalmente implementaron una guerra submarina irrestricta. La presión diplomática norteamericana forzó a los alemanes a detener este accionar durante algún tiempo, pero en enero de 1917 Alemania estableció una Zona de Guerra que rodeaba a las Islas Británicas y hundió a un 25% de las naves que osaron penetrar en ella, hasta que los convoyes comenzaron a contar con escolta militar. El hundimiento del Pathfinder fue la primera victoria en combate de un submarino moderno, junto con la hazaña del U-9, que hundió tres cruceros británicos en menos de una hora, le otorgaron al submarino el estatus de un nuevo e importante componente de la guerra naval. Los submarinos alemanes fueron utilizados para colocar minas y para atacar transportes de mineral de hierro en el Báltico. La flotilla de submarinos británicos en el Báltico operaron protegiendo a los rusos hasta que se firmó el pacto ruso-alemán.

Guerra Antisubmarina: La guerra antisubmarina, abreviado como ASW (siglas de Anti-submarine warfare; guerra antisubmarina en inglés), es una rama de la guerra naval en la que se usan buques de guerra, aeronaves u otros submarinos para rastrear, encontrar y dañar o destruir submarinos enemigos. Como muchas formas de guerra, el éxito de la guerra antisubmarina depende de una mezcla de tecnología de sensores y armas, entrenamiento, experiencia y suerte. Un elemento clave de la ASW es el equipamiento de sonar sofisticado para una primera detección, localización y rastreo del submarino objetivo. Para destruir los submarinos se usan torpedos y minas, lanzados desde plataformas aéreas, de superficie y submarinas. En el pasado eran usados otros medios de destrucción pero ahora están obsoletos. La guerra antisubmarina también involucra la protección de barcos amigos. Durante la Primera Guerra Mundiak los submarinos eran una amenaza importante. Que operaban en el Mar Báltico, el Mar del Norte, Mar Negro y Mediterráneo, así como el Atlántico Norte. Anteriormente se había limitado a aguas relativamente tranquilas y protegidas. Los buques utilizados para luchar contra ellos eran una serie de pequeños buques de superficie rápida. Se basó principalmente en el hecho de un submarino de la jornada fue a menudo en la superficie de una serie de razones, tales como la carga de baterías o cruzar largas distancias. El primer enfoque para proteger a los buques de guerra fueron redes metálicas colgadas de los lados de buques de guerra, como defensa contra torpedos. Las redes también se colocaron en la entrada de las bases Navales del puerto para controlar el tránsito de submarinos y buques. Los Buques de guerra británicos fueron equipados con un espolón para atacar submarinos, el U15 fue hundido en agosto de 1914. En julio de 1915 los británicos establecieron el “Consejo de la invención y la investigación” para evaluar las sugerencias del público, así como llevar a cabo sus propias investigaciones. Se recibieron unas 14.000 sugerencias sobre la lucha contra submarinos y wireless. En diciembre de 1916 la RN crea su propia División anti-submarinos (de donde vino el término “Asdics”).

La carga de profundidad: es la más antigua de las armas antisubmarinas. Usualmente es un objeto por lo general cilíndrico que contiene explosivos y un detonador fijado para activarse por presión hidráulica al alcanzar una determinada profundidad. Su uso primario es destruir submarinos sumergidos, y pueden ser lanzadas tanto desde buques como aviones. Previo al lanzamiento, el buque o avión detecta al submarino en el área y estima la probable profundidad con el fin de ajustar las espoletas de las cargas a ese nivel para que tengan alguna efectividad. Sin embargo, se demostró en la Segunda Guerra Mundial que no era un arma muy efectiva, pues se requería una elevada concentración de cargas en una zona reducida o un repetido lanzamiento durante largos períodos de tiempo para ser realmente efectivas. Aunque para la tripulación de un submarino era una prueba crítica para su temple, ya que cada estallido cercano era como un golpe acústico poderoso que en forma repetitiva podía quebrar la resistencia emocional de la tripulación del sumergible, no era mortal a no ser que una carga estallase a menos de cinco metros del casco de presión, de otro modo no había posibilidad de romper el mismo. En general, era la onda expansiva en el agua lo que dañaba a los submarinos por vibraciones intensivas, ya sea soltando pernos o estopes de presión en las uniones de las tuberías interiores, o quebrando las baterías y generando gas cloro al entrar en contacto con el agua. Una tripulación experimentada podía evitar las cargas de profundidad si se sumergía al límite de la profundidad nominal. La mayoría de los submarinos hundidos por cargas de profundidad no lo fueron por un estallido desafortunadamente cercano, o por una carga especialmente bien dirigida, sino por una acumulación sucesiva de daños tras un ataque continuado con cientos de cargas de profundidad que estallaron en sus cercanías. Incluso en esos casos hubo supervivientes. El submarino alemán U-427 que sobrevivió a 678 cargas de profundidad en abril de 1945, y aun así, pudo regresar a su base.

Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, en el año 1914, no se conocía ningún modo eficaz de combatir contra los sumergibles, y la neutralización de los mismos pasaba por embestidas antes de que se sumergieran o destruirlos a cañonazos. La falta de desarrollo de un arma adecuada para atacar a un sumergible en inmersión, puso muy fáciles las cosas al arma submarina de los países contendientes. Fue el almirante Jellicoe quien dio cifras sobre las posibilidades de que una explosión submarina destruyese o averiase un sumergible, y aunque especificó distancias y las marcó (4,5 metros para la destrucción de un sumergible y 8,5 metros para que dicha explosión produjese graves daños en el mismo), eso no iba a ser exacto, pues con el tiempo se demostraría que esos efectos dependerían siempre de la cantidad y tipo de carga. Los acontecimientos iban a acelerar los trabajos para conseguir construir un artilugio capaz de producir explosiones submarinas, y combatir la amenaza que suponía el ataque de los sumergibles. El 22 de septiembre de 1914, mientras navegaba a la altura de Hoeck van Holland, el sumergible alemán U-9 (con un desplazamiento de 250 toneladas, con tres tubos lanzatorpedos, y que se encontraba al mando de Otto Weddingen), atacó a los Cruceros Hague, Aboukir y Cressy de unas 12.000 toneladas de desplazamiento cada uno y los hundió en una hora y 15 minutos, muriendo en la acción 1460 tripulantes.

Con las premisas citadas por Jellicoe, y ante la perspectiva de que pudieran ocurrir hechos similares en el futuro, se diseñó y comenzó a construir un nuevo tipo de arma específica para combatir a los sumergibles mientras navegaban sumergidos. El 20 de julio de 1915, se llevó a cabo el primer ataque con el arma que iba a ser durante mucho tiempo la pesadilla de las tripulaciones de submarinos, y la causa de destrucción y muerte respectivamente de sumergibles y tripulaciones. En esa fecha, el ataque llevado a cabo por dos pesqueros armados ingleses contra un sumergible alemán, parece ser que no tuvo efectos graves; un año más tarde, un ataque con el UC-7 llevado a cabo por una lancha armada, tuvo por fin el éxito esperado que, aunque parezca sencillo, no lo era tanto, si se tiene en cuenta las limitaciones de esa nueva arma.

Guerra de Movimientos y Cambio de estrategia: En 1914, los europeos pensaban que la guerra sería corta. Pero los generales, que habían estudiado las guerras napoleónicas, estaban equivocados en su enfoque inicial del enfrentamiento, basado en el uso masivo de la infantería. Respondiendo a la enorme eficacia de las armas (fusiles, armas automáticas y artillería pesada), las fortificaciones fueron reforzadas. La caballería sería inútil como medio para romper el frente. Al comienzo de la guerra los dos bandos trataron de obtener una victoria rápida mediante ofensivas fulminantes. Los franceses agruparon sus tropas en la frontera con Alemania, entre Nancy y Belfort, divididas en cinco ejércitos. Previendo un ataque frontal en Lorena, organizaron el Plan XVII. Los alemanes tenían un plan mucho más ambicioso. Contaban con la rapidez de un movimiento de contorno por Bélgica para sorprender a las tropas francesas y marchar hacia el este de París ( Plan Schlieffen de 1905) y luego enfrentarse a las fuerzas enemigas y empujarlas hacia el Jura y Suiza. Tan sólo ubicaron 2/7 de sus tropas sobre la frontera para resistir el ataque frontal en Alsacia-Lorena. El comienzo del plan trascurrió perfectamente para el Reich. Sus tropas avanzaron sobre Bélgica el 4 de agosto, lo cual provocó la intervención inglesa. Posteriormente derrotaron al ejército francés en diversas batallas. Los franceses lanzaron simultáneamente el Plan XVII, pero resultó un fracaso debido a las armas automáticas que frenaron cualquier asalto y a un repliegue prematuro de las tropas hacia sus líneas. Semanas después los alemanes estaban ya ubicados en el río Marne, donde chocaron con el Cuerpo británico y el ejército francés, quienes frenaron el avance imperial. La derrota germana frustró el plan original y acabó con las expectativas de una conflagración breve, marcando el abandono definitivo de los planes anteriores a la guerra. En ese momento comenzó la «carrera hacia el mar»: los dos ejércitos marcharon hacia el mar del Norte; ataques y contra-ataques se sucedieron. La contienda se desarrollaría en territorio francés y belga. Las tropas británicas no tardaron en intervenir en mayor número, junto a los restos del ejército belga. Mientras tanto, Austria-Hungría fracasó en su intento de tomar Belgrado, lo cual lograría después con ayuda alemana, en agosto del 1915. Rusia invadió Prusia Oriental, pero los generales de estado mayor prusianos Hindenburg y Ludendorff los batirán contundentemente en Tannemberg. En el curso de 1915, dos nuevos países entraron en la guerra: Italia del lado de los Aliados y Bulgaria al lado de las potencias centrales, que con este apoyo derrotan a Serbia y la ocupan.

El uso masivo de trincheras, sumado al nacimiento del nacionalismo como ideología vinculada a la guerra, provocó que, por un lado, la rendición fuera inaceptable para ambos bandos y que, por el otro, ningún ejército tuviera la capacidad de acabar con el enemigo. De ahí nacen dos consecuencias político-estratégicas importantes: dos visiones opuestas de la guerra y de cómo obtener la victoria. Desde el punto de vista alemán, había que impedir a ultranza una repetición de la línea de trincheras. Entonces surge la idea de las operaciones en profundidad, que buscan aniquilar al enemigo con un despliegue potente y de rápida acción. Los franceses, por el otro lado, agotados por la guerra, llegan a la conclusión inversa: que la actitud defensiva es la clave para la victoria, y se preparan para una nueva guerra de desgaste.

La estrategia cambió de una guerra de posición o combates de trincheras, que caracterizó a la Primera Guerra Mundial a una guerra de movimiento en la Segunda Guerra Mundial. Las grandes fortificaciones y líneas de defensa de la primera guerra, resultaron completamente obsoletas al ser flanquedas fácilmente por las unidades de tanques, sin exponerse a la poderosa artillería con que contaban. Se empleó al máximo el recurso de la Infantería en combinación con las unidades de tanques blindados. Ello le daba a ambos tipos de fuerza protección mutua. (El infante protegía al blindado y el blindado protegía al infante) Eso se debió al avance en materia automotriz. El tanque que había aparecido en la primera guerra, fue perfeccionado para la función que iba a cumplir en la segunda guerra. También el armamento individual fue perfeccionado; así como la artillería dejándose de lado los cañones pesados de gran calibre aptos para la guerra de posición, y se optó por cañones de menor calibre y fácilmente auto transportable. O sea la artillería, dejó de ser fija y se convirtió en móvil; pudiéndose transportar rápidamente a donde fuera necesario contar con su apoyo de fuego. También es obvio mencionar el avance tecnológico de la aviación. Fundamental para el apoyo de fuego aéreo a las unidades que se desplazaban en tierra. El avance técnico en los equipos empleados en las comunicaciones permitió un mejor enlace entre las fuerzas: tierra – tierra y tierra – aire. En toda guerra las comunicaciones son fundamentales. Sin buena y apropiada comunicación, la operación mejor planificada puede fracasar. En cuanto a la fuerza de mar, en la segunda guerra, se caracterizó por el mayor empleo del submarino y del porta-aviones. En las demás unidades tales como acorazados, destructores y cruceros, el cambio estuvo dado por el lado de los sistemas de navegación y no tanto por la artillería (en ésta última prácticamente creo que no hubieron cambios) Es de notar el uso de los acorazados, solo modificados en la introducción de nuevas tecnologías, que alargaron su vida útil. Muchos de ellos siguieron en servicio varias décadas después de la segunda guerra mundial.